domingo, 23 de junio de 2013

Fragmento de La Reina de los Piratas III: Venganza (Parte II)

Mair andaba a paso ligero por la cubierta del navío blanco. No podía evitar que en su rostro asomase una sonrisa enorme, había conseguido lo que quería, ahora Drake estaba dolido, rabioso y sediento de sangre, era cuestión de segundos que intentara asestar su golpe fuerte, pero no se lo iba a permitir.

Observó a la tripulación, todos iban de negro lo que hacía que contrastase muchísimo con el blanco perlado de la cubierta. Aquellos hombres le erizaban el bello al igual que aquel maldito barco de la muerte. Se apoyó en la barandilla para poder bajar a tierra y vio las calaveras de las que muchas leyendas hablaban. Se decía que La Dama Blanca estaba hecha de huesos humanos de todas las almas que se había cobrado, aquel macabro hallazgo le hizo pensar que como bien había dicho Drake antes lo que las leyendas y mitos cuentan siempre tienen algo de verdad.

Saltó a tierra intentando alejarse cuanto antes de aquel lugar pero una espesa sombra le agarró por los pies y la sumió en una oscuridad extrema. Sintió durante segundos una presión terrible en el pecho que por suerte desapareció cuando justo volvió a tocar lo que le pareció tierra firme. La oscuridad se disipó un poco dejando paso a una niebla espesa. ¿Dónde se encontraba? De repente Drake apareció ante ella, aunque no era el apuesto y albino pirata que él conocía. Ahora tenía el pelo oscuro como la noche, los ojos inyectados en sangre y unos enormes colmillos que casi no le dejaban cerrar la boca. El umbreo que seguramente la había transportado hasta allí se materializó y se colocó justo al lado del pirata demonio.

-¿Dónde está el resto?-preguntó con una voz grave y distinta a la que solía usar.

Mair se echó a reír intentando sacar al demonio, más aún, de sus casillas, si eso era posible.
Drake le cogió del cuello con su mano derecha en la cual habían crecido unas uñas de color negro y afiladas como cuchillas. Apretó haciendo que el joven sintiera un dolor muy intenso y como poco a poco se quedaba sin aire.

-No estoy bromeando. Dime, ¿Dónde está?-

Mair intentó apartar la mano del demonio pero solo consiguió hacerse algunos cortes con aquellas afiladas uñas.
-No…no puedes…-balbuceó.

-No puedo… ¿Qué? ¿Matarte?-dijo Drake para acto seguido soltar al muchacho con tana fuerza que cayó de espaldas en aquel terreno de sombras espesas.

Mair se echó las manos al cuello que le dolía y ardía como si se lo hubiesen abrasado. -Un Príncipe no puede…-tragó saliva sintiendo como su garganta se resentía al hacerlo y frunció el ceño al ver que el dolor se incrementaba.

-Lo sé, me sé las estúpidas reglas de la puta Asamblea mejor que tú pedazo de escoria.-gritó enfurecido el íncubo.

Se acercó a Mair y le agarró la barbilla, le alzó la cabeza para que pudiera mirarlo a los ojos y continuó hablando mientras el joven aún intentaba aguantar con entereza el gran dolor de su cuello y el que ahora le causaba en la barbilla. La piel de un demonio furioso quema como el peor de los fuegos.

-Sé que no puedo matarte fuera de mi territorio, pero…-Drake acercó su rostro al del muchacho para susurrarle al oído.-Este es mi hogar, aquí nací, crecí y volveré cuando mi cuerpo se debilite lo suficiente para seguir habitando Kartia.- El demonio estiró su otro brazo mostrándole aquel mundo de niebla y oscuridad en el que solo se encontraban ellos tres.


Aquel mundo vacío, con escasa luz y abundante niebla deprimió como por arte de magia al chico.

-Kartia es solo donde vivo y los mares del norte son mis dominios, este es mi hogar, donde está mi gente.- Drake chasqueó los dedos y cuatro preciosas muchachas desnudas por completo aparecieron. Mair las observó, tenían una belleza sobre humana, una larga cabellera azabache, los ojos rojos, colmillos afilados, garras de color oscuro como las de Drake y grandes senos capaces de hipnotizar a cualquier varón, pero lo que las distinguía por completo eran sus alas demoníacas parecidas a las de un murciélago y su cola acabada en punta. ¡Eran súcubos! La contraparte femenina de los íncubos, raza a la que Drake pertenecía.

Dos de las chicas se dirigieron hacia el neya que permanecía impasible esperando las órdenes de Drake. Al sentir a las demoníacas féminas la poca luz que había en la estancia se hizo más tenue, como si los poderes de aquel neya umbreo se hubiesen desatado. Una de ellas le quitó el pañuelo negro que cubría su boca mientras la otra le apartaba la capucha dejando visible el rostro del neya segundos antes de que desaparecieran entre espesas sombras. Irónicamente era albino al igual que Drake.

Las otras dos mujeres se colocaron justo al lado de Drake, éste soltó la barbilla del chico. Y se acercó a uno de los súcubos para acto seguido besarlo apasionadamente. Las lenguas de ambos demonios se rozaban fuera de sus bocas por instantes y comenzaban a derramar sangre. ¿Qué excitación podría causarles eso? Se preguntó Mair al ver que el íncubo repetía la misma operación con el otro súcubo mientras el primero relamía la sangre que quedaba en sus labios. Sintió náuseas y pensó que iba a vomitar. ¿Era eso lo que le ocurría a una humana cuando un íncubo la besaba? De todos era sabido que aquellas criaturas sobrevivían a base de mantener relaciones sexuales con cualquier mujer u hombre de Kartia, sin importar la raza a la que pertenecía. ¿Succionaban su vitalidad a través de la sangre como los vampiros, sus primos hermanos? Mair intentó borrar de su mente aquella imagen y no le costó cuando Drake se acercó y volvió a cogerle de la barbilla causándole aquel terrible dolor que por segundos había olvidado.

-Son ambas para ti. Disfruta de dos súcubos sin temer por tu vida ni espíritu, pero a cambio…-
Drake se calló de repente y miró fijamente a Mair a los ojos. Ambos mantuvieron la mirada durante unos segundos que al joven le parecieron eternos.

-¿Cómo lo haces?-preguntó el demonio enfadado a la par que intrigado.

-¿El qué?-preguntó Mair apretando los dientes para evitar mover su dolorida mandíbula.

Drake le empujó con fuerza haciendo que nuevamente cayera de espaldas.

-Ningún hombre puede mirarme a los ojos. ¿Por qué tú sí?-

Mair sintió como su corazón se aceleraba, su arma secreta con la cual pensaba vengar a su padre podía ser descubierta en aquel instante. Si eso ocurría todo su plan vengativo se acabaría, todo por lo que había luchado terminaría. Necesitaba ver a Drake suplicando por su vida, necesitaba verlo hundido en la peor de las miserias.
El joven tragó saliva sintiendo como la garganta le ardía y en un acto burlón y muy temerario empezó a reír.

-¿De qué te estás riendo?-

Drake se acercó al chico y le agarró con fiereza de la media melena que empezó a chamuscarse. –¿Acaso eres como los del Flamenco Rosa o La Puta Dorada?- La sonrisa pícara se dibujó en el rostro del íncubo.-Ellos sí pueden mantenerme la mirada, desean con fervor que un demonio como yo les cumpla todas sus fantasías homosexuales como si no hubiese un mañana por el que luchar.-

El demonio le soltó. Mair se echó la mano a la cabeza esperando no haberse quedado calvo, por suerte, su media melena seguía intacta aunque muy caliente.

-Siento decirte que no me alimento de follarme culos.-

Drake se echó a reír y los súcubos lo acompañaron creando una macabra sinfonía. Después cogió a uno de ellos y lo acercó a Mair.

-Mírala a ella-

Mair intentó evitar hacerlo pero el súcubo se acercó y con una delicadeza extrema le cogió con ambas manos de la cara impidiendo así que pudiera apartar la vista. Al igual que había hecho con Drake aguantó la mirada aunque se le hizo más llevadero porque la piel de aquella criatura le reconfortaba.

-¡Eres más vicioso de lo que pensaba pequeño Mair!-dijo Drake al ver que podía aguantar la mirada del súcubo.-

¿Quieres acaso que yo me ofrezca en el lugar de una de ellas para que a cambio me des los restos de Lady Berns?-

Mair negó con la cabeza.-Te equivocas por completo…-se echó la mano al cuello y comprobó que las quemaduras y el dolor se habían disipado con el tacto del súcubo.-…tú y yo nos parecemos más de lo que te crees.-

Los ojos de Drake se volvieron de un rojo más intenso.

-¿A qué  te refieres?-

-Tenemos muchas cosas en común.-

-¿Qué cosas?-

-Ambos fuimos Príncipes muy jóvenes.-

Drake sintió que volvía a reírse de él y se abalanzó sobre el joven.

-¡Espera!-

Drake se quedó quieto.

-Hagamos un trato Arthur.-

Mair pudo escuchar como la sangre del íncubo hervía en su cuerpo al escuchar su nombre.

-No me fío de ti. Los tratos los ofrezco yo, te he dado mi mejor propuesta. ¿La tomas o la dejas?-

-Sólo escucha el trato y si no te interesa pues lo descartamos.-

-Procede.-

-Te ofrezco los restos de Laisani pero a cambio deberás esperar a la próxima reunión de la Asamblea para que te confiese todo lo que tenemos en común.-

Mair guiñó un ojo en un gesto de ficticia complicidad con su locutor.

-¿Por qué en la próxima Asamblea?-preguntó desconfiado el íncubo.

-Eso es algo que no te puedo decir ahora. Te aseguró que sabrás el porqué ahora no es el momento.-

Drake se quedó pensativo. Poco a poco sus ojos se tornaban del color azul gélido habitual, su pelo recuperaba su tono plateado y sus garras y colmillos empezaban a desaparecer. ¡La fiera se está calmando! Pensó Mair.

-Te ofrezco otro trato.-

-Escucho.-

-Me das los restos de mi amada y me cuentas ahora mismo tus secretos a cambio yo te saco de aquí.-

-¡Oh,Drake!¡Qué injusto eres!-

-Te estoy ofreciendo salir de aquí. ¿Sabes acaso dónde te encuentras?-

Mair asintió.-No hay que ser un iluminado para saberlo.-bromeó.

-Del Plano Umbrío solo puedes salir con la ayuda de un umbreo o un demonio.-

-Lo sé, pero tu trato sigue siendo injusto. Yo te ofrezco dos cosas y tú a cambio me sacas de un lugar al que me ha traído tu siervo.-refunfuñó puerilmente.

-¿Lo tomas o lo dejas?-

-¡Vamos Drake! Me tomé la molestia de coger los tristes huesecitos de tu amada jugándome el pellejo en ello. ¡Sé más justo conmigo!-

El aspecto del íncubo volvió a cambiar en cuestión de segundos y los súcubos comenzaron a bufar como gatos asustados.

-También destrozaste su cráneo ante mi atónita mirada y en mi propio barco.-dijo agarrando al muchacho de uno de sus brazos y causándole un dolor más insoportable que el anterior.

-Mira el lado bueno…ahora será más fácil de incrustar en tu preciado navío. Puedes poner un trocito en cada camarote.-dijo burlón sabiendo que sus palabras provocarían que la ira del pirata aumentara.

-¡Púdrete aquí insolente!-

Dicho esto Drake le soltó el brazo y se dio media vuelta. Los súcubos se acercaron a él en un intento de consolarlo pero éste al igual que ellas habían hecho antes les bufó y desapareció entre las sombras, acto seguido las mujeres demoníacas desaparecieron también.

Mair se miró el brazo. Tenía una herida terrible, ya ni siquiera sentía dolor, lo que no era una buena señal. A pesar de haberse quedado allí encerrado y probablemente de estar a punto de perder un brazo sentía la satisfacción y la alegría recorriéndole el cuerpo de arriba abajo. ¡Qué fácil de manipular eres para ser un demonio!

No sabía cuanto tiempo había esperado allí pero se encontraba mareado, solo y aburrido cuando el siervo de Drake vino a buscarle. La sombra espesa volvió a envolverle y nuevamente tras sentir la presión en el pecho volvió a aparecer en tierra, en Puerto Resquicio.

-Mi capitán acepta su trato. Ahora deme a Lady Berns-

Mair empezó a reír a carcajadas. Sabía que el amor por aquella prostituta impediría que el íncubo pudiera vivir sin sus restos.

-Dile a tu capitán que no hay trato.-dijo aún entre risas.-Los restos de Lady Berns están bajo el agua, los arrojé yo mismo antes de venir aquí. ¡Qué los encuentre si tan buen pirata es!-

Los ojos pálidos del umbreo le miraban con odio, como lo haría Drake. El neya desapareció sin mediar palabra. Mair se echó a reír.

-¡Eso es por mi madre Drake!-


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La Reina de los Piratas III: Venganza by Lidia Rodríguez Garrocho is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

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