jueves, 1 de agosto de 2013

Fragmento de Miembros del Círculo III-Breden: Templario Vacío.

Breden estaba destrozado, la paliza que le habían proporcionado y las torturas a las que había sido sometido le hacían que incluso respirar se convirtiera en un suplicio. Sentía los latidos de su corazón en prácticamente todas las partes de su cuerpo, haciendo que además del dolor esa sensación desagradable se uniera.

Le habían torturado durante más de cuarenta horas, le faltaban siete uñas de los dedos de las manos, tenía la espalda totalmente desgarrada y más de cuatro huesos rotos. Ni siquiera sabía como había podido recobrar la consciencia y mucho menos seguir con vida.

Abrió ligeramente los ojos, aunque solo alcanzaba ver con uno de ellos,aterrorizado porque haber podido perder el otro se echó dolorido la mano a la cara. Simplemente estaba hinchado, tanto que era imposible que pudiese abrir el parpado, aunque eso le aliviaba un poco , le daba esperanzas para pensar que tal vez su ojo siguiera intacto y solo fuese el hinchazón el que impedía que no pudiese ver por él. Observó con dificultad la estancia, estaba bajo tierra, de eso estaba claro, en una celda oscura, húmeda y fría. Por las paredes de piedra corrían pequeños hilos de agua. Breden se moría de sed intentó arrastrarse para llegar hasta ellos sin importarle si era agua potable o no. De repente escuchó un ruido metálico e intentó ponerse en guardia. ¿Iban a continuar con la tortura? Intentó ponerse de pie pero tenía una pierna rota y el tobillo de la otra destrozado, además de los dos hombros desencajados algo que le suponía un dolor terrible y una significante dificultad para moverse.

Vio aparecer a una preciosa muchacha de cabellos largos y de color miel que llevaba recogidos en una gran trenza de espiga. La chica era de tez muy pálida y iba vestida con un vestido sencillo de color ocre con un escote bastante generoso. El vestido estaba algo sucio por lo que Breden dedujo que la joven no era noble. Llevaba un barreño pequeño y toallas y vendas. ¿Qué venía a hacer allí?

-Vengo a curar al preso.-dijo la joven con un acento nórdico bastante pronunciado.

Breden pudo ver como el guardia asentía y la conducía hasta su celda.

-He de encerrarte con él, cuando termines avisa.-

Le abrió la celda y la dejó entrar. La joven dejó con cuidado el barreño que estaba lleno de agua.

-Tengo sed...-balbuceó Breden al escuchar el sonido del agua.

La joven cogió una toalla, la mojó y se la acercó a los labios. Breden sabía que no era bueno después de tantas horas sin llevarse nada al estómago y con todos los daños sufridos que le diera de beber en grandes cantidades por lo que no rechistó. Se mojó los labios con la toalla y sintió un alivio casi divino.

-¿Más?-le preguntó la joven con aquella dulce voz.

Breden solo tuvo fuerzas para asentir lo que hizo que la chica rápidamente mojara la toalla en el agua otra vez y se la acercara a los labios.

El templario estaba semidesnudo ante aquella mujer desconocida algo que su credo prohibida rotundamente, pero en aquellos instantes era lo último que importaba, quería cuanto antes que los dolores se mitigaran como fuese y ni siquiera sabía si debía obedecer al credo que tanto había venerado. ¿Cómo podían hacer todo aquello? Ellos eran los que habían robado las reliquias del templo y ellos eran los que habían asesinado a todos los sacerdotes, sacerdotisas y religiosos que en él se encontraban ¿Cómo el Obispo podía consentir semejante acto de crueldad? De repente sintió un dolor punzante en su espalda y el frío tacto de la toalla mojada con la que la joven le limpiaba la sangre. Emitió un gemido de dolor haciendo que la chica moviera más despacio el trozo de tela mojado.

-Siento hacerte daño, pero he de limpiarte las heridas para poder coserlas.-

Breden suspiró intentando aguantar el insoportable dolor que la joven le hacía.

-¿Por qué no me matan? ¿Por qué te mandan a curarme?-le preguntó el templario. ¿Qué querrían de él? ¿Esperaban que hiciera algo por ellos? ¿Esperaban que robara alguna reliquia más? ¿Qué les dijera como funcionaban aquellas? Miles de preguntas se amontonaban en su mente sin encontrar una respuesta.

-No lo sé, yo no sé nada.-respondió la chica casi en un susurro.

De repente sintió durante unos segundos la piel de la muchacha algo que activó rápidamente su zéner.

Veía fuego por todo, casas y más casas quemándose. Sentía pánico un pánico que jamás había sentido. Corría como alma que lleva el diablo hacia su casa, adentrándose en las llamas. 

-¡Ded!¡Mam!- escuchó su voz gritando, la voz de aquella joven que en esos instantes le estaba limpiando las heridas de la espalda. No sabía que idioma hablaba, pero entendió aquellas palabras, ¡Papá! ¡Mamá! 

De repente aparecieron unos jinetes, templarios de la orden de Huen. Breden los reconoció pero sentía como la joven no sabía quien eran aquellos extraños. Se apartó de ellos un poco pero la golpearon en la cabeza haciendo que cayera al suelo dolorida. 

-Métela en la jaula junto a las otras, el Obispo esta noche estará contento con nosotros.-

Sintió como la agarraban de las piernas y los brazos. Eran dos hombres vestidos con el uniforme de los templarios de Huen. La cota de malla de acero de Fortan, la cruz de color rojo sangre y la capa morada indicaban que eran altos cargos, algo que la joven no sabía pero que Breden si.

La arrastraron hasta una jaula donde había cinco chicas más, todas ellas muy jóvenes. La chica las reconoció a todas y sus rostros se desencajaron al verla. Breden no conocía a ninguna de ellas pero sintió lo que la joven sentía, dos compañeras de la escuela, la hija del herrero, la hija de un gran pescador y su prima.
La joven se agarró a la última como si la vida le fuera en ello y las dos se echaron a llorar. Las otras muchachas comenzaron a gritar pero rápidamente un templario golpeo la jaula. 

-¡Callaros putas!-

Las seis jóvenes estaban aterrorizadas, Breden podía sentir el pánico de la joven. ¿Por qué hacían eso los templarios? Breden no entendía nada, no sabía que estaban haciendo ni porque lo hacían. ¿Desde cuando se quemaban aldeas? ¿Cuándo y dónde había una Guerra Santa? Hacía años que se habían prohibido por los Sabios y le extrañaba estar viendo aquello en los recuerdos de una chica tan joven. 

Sintió como la jaula empezaba a moverse, las estaban trasladando a algún lugar. Todas se aferraban a los barrotes de la jaula y gritaban sin importarle lo que los templarios pudieran hacerlas, todas menos ella, que se aferraba con fuerza a su prima.

-Vera,wan dir maij?-le preguntó su prima. Breden lo entendió en seguida y supo que Vera era el nombre de la joven que estaba con él y en cuyos recuerdos estaba metiendo las narices por culpa del dichoso zéner. 

Vera negó con la cabeza respondiendo a la pregunta de su prima. No tenía ni idea de lo que estaba pasando ni tampoco a dónde las llevaban. Durante una angustiosa hora de camino las jóvenes se desgañitaron sin que nadie las oyera o les ofreciera ayuda. Cansadas muchas comenzaban a desvanecerse, no se sabe si de sueño, tristeza, cansancio o simplemente para evitar el mal trago. Vera seguía firme abrazada a su prima. De repente pararon en seco lo que hizo que muchas se despertaran, Vera estaba alerta y con los nervios a flor de piel. El pánico no había  desaparecido desde el primer segundo del recuerdo lo que hacía que Breden se sintiera terriblemente mal. 

-Tú, ven aquí.-dijo uno de los templarios señalando a la prima de Vera.

La joven abrió los ojos como platos. Breden sentía el corazón de ambas chicas latir con fuerza, como si de un momento a otro fuese a estallar debido a la velocidad de los latidos. Frikia, como se llamaba la prima de la joven, apartó a Vera con cuidado.

-Nij afurme-

¿Cómo no se iba a preocupar? se preguntó Breden. Cuando pudo deshacerse de Vera, la chica se acercó a la puerta de la jaula. El templario la abrió y ésta salió de ella. 

-¿Eres virgen?-

La chica asintió.

-¿Qué edad tienes?-

La joven se quedó callada. Breden sintió los pensamientos de Vera. Frikia no dominaba la lengua común de los humanos en Kartia y probablemente no sabía como decirle su edad. Vera le ayudó.

-Diecisiete.-

-¡CALLATE PUTA! No estoy hablando contigo- gritó el templario. 

Breden se sorprendió del lenguaje que éstos utilizaban. ¿De verdad aquellos individuos pertenecían al mismo credo que él? No daba crédito a lo que estaba viviendo y sinceramente sentía que aquello era tan real que le conmovía. 

-Diecisiete.-respondió la chica.

-¡Estás mintiendo! Te lo ha dicho ella-

El templario cogió a la joven del pelo y la golpeó fuertemente contra la jaula de hierro haciendo que todas se asustaran y que Vera se echara a llorar al ver que a Fikia le salia sangre a borbotones de la nariz y la boca.


-No mentir señor.- dijo la joven.

Otro templario se acercó.

-¿Por qué estás tardando tanto?-

-Ya he elegido a la que será la acompañante del Obispo.-

Breden no salía de su asombro. ¿Acompañante del Obispo? ¿Las habían apresado para prostituirlas? ¿Prostituirlas con altos cargos religiosos que tenían totalmente prohibido cualquier contacto carnal?

-¿Ésta? ¡Está sangrando imbécil! Ya no nos sirve deshazte de ella.-

Vera que aún lloraba desconsoladamente se enjugó las lágrimas con premura al escuchar aquellas palabras. ¿La iban a dejar libre? Breden pudo sentir la inocencia en los pensamientos de aquella muchacha. Solo ésta podía hacer creer que aquellas palabras significaban algo que no fuese la muerte. 

El templario se marchó dejando a su compañero con la herida Fikia. ¡Sois nórdicas hijas de vikingos pelead! pensó Breden como si las jóvenes pudieran escucharle y cambiar así su destino. Fikia ni se lo esperaba, de repente el templario sacó una navaja y ante la atónita mirada de las otras jóvenes le rebanó el pescuezo. Vera vio los últimos segundos de vida de su prima con la angustia que la impotencia crea. 

Breden sentía el dolor de la joven, el miedo, la rabia, el cúmulo de sentimientos que la inundaban en aquellos instantes y además se sumaban los que él comenzaba a sentir. 

-Tú, ven aquí.-dijo el templario señalando a Vera. -Tú serás la esclava del Obispo.-

De repente Breden volvió en sí. ¿Había terminado el recuerdo? Sintió como Vera le estaba aún limpiando la espalda, no habian pasado ni diez segundos aunque él había vivido recuerdos de horas de aquella pobre joven. Recordó las últimas palabras de aquel templario. ¿Esclava? ¿Los esclavos se habían prohibido? ¿Era Vera una esclava? Breden se giró como pudo para mirarla a la cara.

-No te muevas le dijo la chica.-

El alzó con dificultad la mano para que le dejara hablar.

-¿Quién te ha mandado venir?-

-El Obispo.-

-¿Trabajas para él?-

La chica asintió mientras intentaba que Breden volviese a su antigua posición para seguir limpiándole las heridas de la espalda.

-¿Te paga?-

-Creo que eso no es de su incumbencia, cállese y deje que termine de curarle si no quiere que me marche y le deje para que las ratas se lo coman.-

Breden entendió aquella respuesta. Vera sentía pánico hacia su amo, el Obispo. Jamás reconocería que era una esclava seguramente eso haría que la matara. Decidió permanecer callado, debía ganarse su confianza, debía conseguir que ella se lo contara todo y después planear una huída, si conseguía llegar a alguna institución de Sabios y denunciar todo lo que su orden estaba haciendo su periplo habría acabado y el infierno que vivían Vera y las chicas que la acompañaban aquella noche se acabaría.

La joven terminó de limpiarle la espalda y sacó una pequeña aguja con un poco de hilo de sutura para coser las heridas más graves que el templario tenía en la espalda. Breden se sintió mal, quería saber que era lo que aquella joven estaba pensando. Estaba curando a un miembro de la orden que tanto daño le había hecho a ella y a su gente, algo que seguramente la destrozaba. Seguro que quería rebanarle el cuello como aquel bastardo que mató a su prima pero en vez de eso, ella le curaba las heridas con sumo cuidado.

Breden sentía como le cosía con delicadeza, como sus suaves manos le acariciaban la espalda. Nunca había sentido las caricias de otra mujer que no fuese su madre, que hacía ya unos seis años que había muerto dejándolo solo por completo con su familia de la orden. La piel se le puso de gallina, era placer lo que sentía a cada roce de la piel de aquella chica, placer igual que sentía cada vez que se sentía en paz con su Dios. ¿Era cierto que muchos siervos podían amar a una mujer y a su Dios como era el caso de los Paladines o las Valquirias? El templario intentó evitar pensar en aquello, era la primera vez que sentía la piel de una mujer y tal vez eso le estuviera confundiendo. Cerró el ojo que aún podía abrir e intentó dejar la mente en blanco.

Vera terminó con su espalda y comenzó a quitarle algunas astillas de los dedos, donde antes había uñas, para después lavar la zona y vendarla para evitarle el dolor. Breden procuraba no quejarse mucho pero aquello era tremendamente doloroso. Vera procuraba hacerlo lo más llevadero posible regalándole sinceras sonrisas cuando éste fruncía el ceño de dolor. ¡Era bella! Eso no lo podía obviar el siervo de Huen, la belleza la sabía juzgar y aquella joven era la más preciosa que jamás había visto. La miró a los ojos mientras ella estaba distraída y aún pudo vislumbrar la inocencia que había sentido en su recuerdo. ¿Cómo puede alguien que ha sufrido tanto conservar esa pureza e inocencia? Breden no se dio cuenta pero aquella muchacha representaba la pureza que él tanto admiraba de los Dioses, de aquello se daría cuenta más tarde cuando ella se hubo marchado de la celda. Había encontrado otro Dios a quien venerar y a quien entregarle su vida, aunque en vez de Dios era Diosa y era una mortal.




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